El último rayo de luz de la tarde, sutil se filtra en la celadura de un ventanal modernista. En el ambiente vagan las notas de una gymnopédie de Satie y la clara atmósfera evoca otras horas quizás dichosas.
Fuera de cuadro un hombre. Un hombre solo, con todo el desconsuelo y la esperanza a cuestas, abandona la estancia. Únicamente sus maletas señalan que alguien habitó ese espacio.
Antes, la cama deshecha proclamó la gloria de una entrega loca de esperanza y deseo .
Un hombre, un hombre solo con todo el desconsuelo y la esperanza a cuestas entra en un viejo café italiano de una ensimismada ciudad del sur, se dirige a una mesa junto a una ventana (en las ensimismadas ciudades del sur siempre nos espera una mesa junto a una ventana en la que arribar) y contempla con las tazas abandonadas los restos de otros naufragios. Un pequeño velador junto a una ventana es a veces una barca varada donde los hijos de la mar lanzan sus redes y recogen su diario botín de desconsuelo y esperanza.
Un hombre cuyos bolsillos contiene todo el desconsuelo y la esperanza toda, se dirige a la mesa situada junto a una ventana de un viejo café italiano, En su mano los versos del poeta amado y en su boca un nombre como un beso o como una oración que lo salve.
Murmura un nombre como quien acaricia un sartal, una cuenta es un altar en el cielo, otra cuenta un jardín en la tierra y otra más el esplendor de Troya.
Mientras recita su mantra se siente el hombre consolado y la esperanza se hace ventana que el construirá convocando los colores que pintan el cielo nocturno de un cuento infantil, o los que bañan la pulida madera de las mesas de oriente, o los que nos salvan de los viejos fantasmas al encender una lámpara.